GÉNESIS

Deslizó la arena entre sus manos y miró al horizonte, viendo aquellos granos que iban cayendo unos tras otros. El sol amenazaba con esconderse y el frío abril de Galicia se dejaba notar. El mar estaba calmado. Al frente, pudo ver Sada y su espigón. Sabía que al este, por encima de aquella gigante urbanización, estaba Breamo, su monte. Pero no fue allí dónde, Paola Gómez, comisaria de la brigada criminalística de A Coruña, posó sus ojos, sino en un punto situado más a su espalda. Allí, en ese conjunto de casas desperdigadas, sabía que tenía un asunto pendiente, ese que le llevaba pesando desde hacía varios años.
Recorrió con la vista las marismas y el puente de la autopista, para terminar en Bañobre. Entonces marcó aquel número de teléfono, sabiendo que podría ser un punto de inflexión en su vida.

I. O PASATEMPO

—Tenemos un fiambre —era la bonita manera que el jefe Palau tenía de despertarla aquella mañana lluviosa de abril. Intentó desperezarse y, después de ponerse aquella desfasada bata, le contestó.
—No sé por qué no silencio tus llamadas, la verdad.
—Porque no puedes, Paola, para eso eres la comisaria, estás siempre de guardia —exhaló un suspiro, se guardó los muchos reproches que tenía ante aquella afirmación, y fue a lo práctico.
—¿Qué tenemos exactamente?
—Lo bueno es dónde, esta vez no te voy a hacer viajar mucho. Ha aparecido el cadáver de un hombre en el parque del Pasatempo, en Betanzos. Llévate a esos tres vagos y me llamas para decirme qué te ha parecido.
—A sus órdenes como siempre, jefe —colgó el teléfono y miró el reloj, eran las cinco de la mañana y aquello no era ninguna canción de Juan Luis Guerra, sino un puto asesinato, otro más.
Llovía a cántaros en la ciudad betanceira. No era un lugar que Paola conociese demasiado, pero que sí le causaba mucha curiosidad. Sabía que era famosa por su tortilla poco hecha, por sus tascas, por sus soportales. Las tripas empezaron a cantarle. Tras reunirse con sus compañeros, entraron en el parque y siguieron a una pareja de la Guardia Civil. Llegaron a una cueva que, alumbrada por el perfil de las linternas, le daba a aquello un aspecto fantasmagórico. El hombre tenía medio cuerpo fuera y medio dentro de la boca del Infierno. Paola pensó que tendría que pedirle mucha ayuda a Alba esta vez.

—¿Quién encontró el cadáver?
El agente más joven de los dos señaló al abismo, a la nada.
—Un vagabundo que buscaba resguardarse de la lluvia. Escogió mal lugar.
—¿Sabe si ha visto algo?
—Dice que no, pero igual usted tiene más suerte, está en el coche con los compañeros.
Paola pensó que lo más normal es que fuera una pérdida de tiempo, pero tenían que intentarlo.
El agua corría buscando su lugar, infinito. Mientras, Paola miraba a Modesto y Portela, interrogándolos con la mirada. Costoya estaba agachado junto al cadáver, ya parapetado con un plástico:
—Tendremos que esperar a la doctora Fraga, comisaria, pero si tuviera que apostar algo diría que no se trata más que de otra muerte violenta.
Entonces lo vio. Ella tenía esa capacidad, la de fijarse más allá de lo que unos simples ojos pudieran ver. En uno de los laterales de la gabardina sobresalía un bulto sospechoso. Cogió sus guantes del bolso y le metió mano al cadáver. Era un libro. «Qué raro», pensó. Pero se equivocaba, estaba escrito a mano, parecía un diario. Lo metió en una bolsa de plástico y lo marcó como prueba.
En cuanto llegó Nuria, ellos se alejaron un poco de la escena del crimen, dispuestos a entrevistar a aquel vagabundo y a tomar distancia sobre lo que habían visto. Con una señal Paola le pidió su opinión a Costoya:
—Antes te dije que creía que era una muerte violenta más, pero me temo que al ver tu cara…
—Es mi sexto sentido, no suele engañarme —miró a Modesto y a Portela y les hizo una seña hacia el coche patrulla, donde se apoyaba, tapado por el paraguas de uno de los agentes, el hombre que había encontrado el cadáver. Costoya la miró curioso:
—Nunca te había visto hacer eso.
—¿El qué? —preguntó, sorprendida.

—Delegar un interrogatorio, con lo que te gustan…
—Modesto y Portela forman un buen equipo, si ese hombre nos ha de decir algo, ellos lo descubrirán.
—Brindo por ello —el inspector levantó la mano al cielo.
—Estoy deseando llegar a la central y que Alba me cuente cosas de este lugar.
Costoya echó una amplia visual a aquel mundo que lo rodeaba:
—Yo lo único que sé es que era un enorme parque y que, como siempre, las autoridades lo descuidaron de tal manera que casi se pierde. Lo vi en un documental no hace mucho, creo que fue una asociación en los años ochenta la que consiguió movilizar recursos y que las instituciones se implicaran en su conservación.
Paola frunció el ceño, mientras emulando a su compañero, miraba alrededor.
—No parece que tuvieran demasiado éxito, viendo como está esto.
—Pues no, la verdad, y es una pena.
Modesto y Portela volvieron con el rabo entre las piernas, no había nada especial en el relato de aquel hombre. Con las lluvias había buscado un lugar en el que refugiarse, solía escoger aquel parque, pero esta vez encontró a alguien en su habitual escondrijo. Primero se acercó para recriminárselo, pero no tardó en darse cuenta de que estaba muerto. Paró al primer coche que encontró y consiguió, no sin esfuerzo, que llamaran a la policía.
Paola habló con los agentes:
—Chicos, si es posible procurad que este hombre duerma a cubierto esta noche, o lo que queda de ella, la mayoría hubieran salido corriendo, pero él… —Paola se acercó y le hizo un gesto de agradecimiento, al que el hombre contestó con una sonrisa.
—Por supuesto, comisaria. No hay problema. Lo llevaremos al refugio —se alejaron de la escena del crimen.
Una nueva aventura estaba a punto de comenzar, y al menos esta vez parecía que no se movería mucho de casa.

 

    II. LOS HERMANOS GARCÍA NAVEIRA

     

    Tener a alguien en tu equipo como Alba era un lujo. Siempre se adelantaba a todo, era intuitiva, lista y un lince para la información, a la vez que la más sagaz para buscar lo que fuera en las redes. Eso pensaba Paola cada vez que ella comenzaba a contar una historia.
    —Os hablaré del parque del Pasatempo. Fueron los hermanos García Naveira, dos de los más ilustres personajes de Betanzos. Sus nombres: Juan y Jesús.
    » Emigraron muy jóvenes a Argentina, y allí se hicieron un hueco en empresas y negocios del país, lo que les llevó en poco tiempo a crear su propia empresa y conseguir una gran fortuna. En cuanto retornaron, dedicaron gran parte de la fortuna conseguida a diversos proyectos en su tierra natal, Betanzos, tales como escuelas gratuitas, una residencia para la tercera edad, un sanatorio para niñas con problemas físicos, la casa sindical, un lavadero público y el parque de diversiones, más conocido como los jardines del Pasatempo.
    » La idea fue concebida por Juan, y fue él quien dirigió los trabajos. Eran más de noventa mil metros cuadrados en su primera construcción. Lo que quería era plasmar muchas de las visiones de los viajes que él mismo había hecho a lo largo del mundo. Se le puede considerar como el primer parque temático de Europa y paso obligatorio, al ser parada del camino inglés de Santiago.

    » Comenzó a construirse en 1893 y no se terminó hasta 1914, momento en el que empezó la Primera Guerra Mundial. En su primera idea, el recinto estaba dividido en dos partes, los jardines y el Pasatempo. La primera ocupaba la mayor parte y se extendía sobre la parte llana; ahora lo cruza la carretera comarcal. Existían reproducciones de todos los emperadores romanos y grandes literatos. Los bancos estaban dedicados y coloreados con la bandera de cada país y había también varias fuentes: Las de Cupido, Neptuno, la Florentina, la Agricultura y las Cuatro Estaciones.
    » La otra parte, unos ocho mil metros cuadrados, constaba de cinco niveles que aprovechaban la falda de la montaña. Parte de esta zona es de lo poco que hoy se conserva, los niveles están conectados por cuevas artificiales y pequeños accesos ajardinados.
    » En el primer nivel tenemos el gran estanque del retiro, que en su centro conserva una isla con un templete oriental, bajo el que había dos mujeres con sus cántaros y una canoa con indios remando. Diversos altorrelieves coronan esta obra de arte.
    Alba les iba enseñando fotos del Pasatempo, acompañando sus palabras.
    » Al segundo nivel se llega por unas cuevas con estalactitas y lianas en donde existen esculturas y relieves de dinosaurios, elefantes y otros animales.
    » El tercer nivel antiguamente estaba ajardinado, ahora destaca el mirador y la estatua de un gigantesco león de cemento que domina todo el parque.
    Alba hizo una pausa y Paola intervino:
    —¿Y en la parte de arriba?
    Ella le enseñó una de las fotos ampliando la pantalla y prosiguió.
    » En el cuarto y quinto nivel había un zoo y un estanque que ya no se conservan, lógicamente».
    El silencio se hizo protagonista, hasta que Modesto lo cortó.
    —Madre mía, ¡y todo eso nos lo hemos cargado…!

    —Al morir Don Juan en 1933 comenzó su decadencia y, con la guerra civil, su declive. Se asegura que fue utilizado como campo de concentración por las tropas nacionales. Posteriormente, entre la construcción de la carretera nacional y la dejadez propia de las instituciones, hizo que se fuera muriendo hasta que la asociación Adelpha, en los años ochenta, solicitó su rescate. Seis años después, el ayuntamiento compró los terrenos y construyó el nuevo jardín. Pero la parte del Pasatempo en sí sigue deteriorándose y cayéndose cada día.
    » Por último, si hablamos de leyendas, hay que tener en cuenta que los masones lo consideraban un templo iniciático. En fin, un filón en toda regla, este paraíso que nos dejaron los hermanos Naveira».
    Paola no podía parar de pensar en aquel diario, y después de escuchar a Alba necesitaba ver a Nuria urgentemente. La vio aparecer por la puerta despeinada, con cara de pocos amigos y con la mirada perdida. Se acercó a ella:
    —¿Te pasa algo?
    La doctora Fraga le devolvió la mirada y contestó:
    —Pasa que yo conocía a ese hombre. Era el padre de un buen amigo mío. Y acabo de hablar con él. Está destrozado. No había ido a dormir a casa y se extrañaron, pero no pensaron en nada parecido.
    Paola le puso una mano en el hombro:
    —Tendremos que hablar con ellos.
    —Lo sé, yo te acompañaré, si me lo permites, así les presentaré mis respetos.
    —Una pregunta, ¿crees que podría llevarme el libro para echarle un ojo en casa?
    —Pues sí, estamos con las huellas del lugar del crimen y el resto de la autopsia, así que todo tuyo, pero acuérdate de firmar el registro, que no quiero que Palau me mate por romper los protocolos.

    Paola le sonrió y cogió la bolsa con el libro que le ofrecía Nuria:
    —Lo cuidaré con mi vida, prometido —miró el reloj, eran las siete y media. Demasiado pronto para visitar a nadie, demasiado temprano para todo, así que decidió hacer un receso hasta media mañana; tenían que estar frescos para el resto del día, además así podría echar un ojo a aquellas páginas escritas a mano.

    III. ANDRÉS TURNES GONZÁLEZ

     

    Paola abrió aquel libro y empezó a leer. Al principio le costó entenderlo, pero poco a poco se dio cuenta de que era una historia contada en tercera persona, situada en los años sesenta, una historia que debía ser contada…

    Capítulo 2

    Pactar con el Diablo

    Madrid, 16 de octubre de 1962

    Frente al espejo, volvió a recorrer las marcas que en su enjuto cuerpo habían dejado aquellos malnacidos, orgullosos de un estatus quo pasajero, que bajo el mandato e ideario de un pequeño loco dominarían Europa durante casi cinco años. Dos de ellos habían sido interminables y en los que cada día, cada mañana, su único deseo era escapar de allí. De aquel repugnante teatro de los horrores: Buchenwald.
    Instintivamente, mientras se miraba, aunque no se veía en el espejo, buscó con su mano derecha en su pecho aquella marca, la S de Spanier. Aquellos momentos de aseo, de propia desnudez, se le antojaban difíciles, duros, y es que una montaña de recuerdos se derrumbaban sobre Andrés Turnes González, que hoy, dieciséis de octubre de mil novecientos sesenta y dos, tenía una extraña e ineludible reunión, ilegal, como todo lo que hacía el PCE, con Santiago Carrillo, líder en el exilio, que lo había convocado de urgencia en algún lugar que él por supuesto desconocía, pero al que llegaría por medio de su contacto, camarada al que tampoco conocía, y que le estaría esperando en una esquina de la calle Serrano, leyendo, irónicamente, el ABC.
    Creía que todo esto no correspondía más que a unas medidas de seguridad desorbitadas, aunque bien es cierto que nadie, absolutamente nadie, salvo las altas esferas del partido, sabían que Santiago estaba en España. Su paso era fugaz y obligado por las circunstancias, aunque de eso Andrés no tenía ni la más remota idea.
    Pensó que quizá se trataba de un paso adelante, ya que el partido llevaba dándolos desde finales de la década de los cincuenta, influyendo en movimientos obreros y estudiantiles, eso sí, siempre en la clandestinidad, y bajo pena de muerte si se descubría cualquier indicio de actividad. El dictador había aflojado la mano en un intento desesperado por parecer lo que no era ante los ojos de Europa y del mundo, pero no así los grises que los perseguían sin piedad. En tal digresión se acordó de Domínguez, compañero de los partisanos en el exilio francés, y camarada también del PCE en España, del que hacía más de dos meses que no tenían noticia. Andrés no quería, bajo ningún concepto, correr su misma suerte, ya no por él, sino más bien por su mujer, Milagros, y sus dos hijos. Saldrían adelante, no le cabía duda, pero sentía como si él fuese la primera pieza del dominó de su familia, y su responsabilidad se acrecentaba a cada paso que daba.
    Todo sería más fácil si Carlos, su hijo, se dejase de revueltas estudiantiles, de asociaciones en la sombra, de pasquines y de luchar contra el tirano, pero ¿cómo podría él echarle nada en cara? No era, ni mucho menos, un ejemplo para impedirle a nadie luchar por lo que creía, aunque fuera sangre de su sangre. Él lo había hecho con todas sus consecuencias, en los partisanos, contra los nazis, en el exilio del PCE y una vez en España, ocupando uno de los puestos más importantes del partido, aunque fuera de manera clandestina. ¿Quién era él, pues, para decirle nada? Carlos había crecido entre discursos, entre arengas, y desde hacía un par de años participaban en familia —no eran, desde luego, lo que se dice una familia común— en los debates políticos. Todo esto, en un país donde decir lo que pensabas era sinónimo de represión automática.
    Se vistió, de forma mecánica, con su único traje medianamente decente y prolongó un hondo suspiro, mientras recuperaba la visión y la conciencia del lugar y tiempo que ocupaba en el mundo. Fue entonces, y no quiere ello decir que fuera la primera vez, cuando escuchó a su mujer en la habitación contigua hablar sola.
    —¿Pero con quién hablas? Al final me voy a creer eso de que estás un poco mal de la cabeza. Ya sabía yo que trabajar en una casa de señoritos de camisa parda no podía hacer nada bueno en esa mente tan creativamente insaciable.
    —No te rías de mí, que no estoy de buenas. Es que estaba leyendo este artículo de alguien al que podemos considerar un activista de izquierdas y poco menos que deja a las mujeres a la altura del betún. ¿Para cuándo los hombres, comuna de gallitos, os daréis cuenta de que jamás podréis liberar a este país del fascismo sin nosotras?
    —Quizá por ello nunca lo conseguimos, al menos durante los últimos veintiséis años, pero llevas razón, si algo ha caracterizado a la izquierda en este recorrido inútil ha sido nuestra propia desunión y, a paliarla, estoy seguro contribuiríais vosotras si se os tuviera en cuenta.
    —No sé, Andrés, y ya sé que es hablar por hablar, y que compartimos más de lo que nos decimos, pero me asusta que vayas a esa reunión y saber que, cuando vuelvas no habréis avanzado nada en cuanto a términos de liberación se refiere.
    —Sabes que por mucho que queramos…
    —Sí, lo sé —Milagros le cortó mucho antes de escuchar lo que ya sabía, de lo que ya estaba mentalizada, pero no podía evitar retorcerse, mientras veía pasar su vida y la de millones de españoles sin conocer el verdadero significado de la palabra Libertad.
    Pensó en su madre y en aquella fecha, catorce de abril de mil novecientos treinta y uno, ella lo había vivido en primera persona, y jamás se cansó de contárselo mientras vivió. La historia de aquella luchadora, que lo había dado todo por conseguir el sufragio universal para las mujeres, y lo habían logrado, aunque el clima de progreso, modernismo y revolución habían durado muy poco. Los militares, el auge del fascismo en Europa y la desorientación, característica intrínseca por otra parte de los comunistas, anarquistas y socialistas, habían hecho el resto.
    —Bueno, deséame suerte, o a Fernando Sánchez, claro, ese alter ego que me esconde en la sombra.
    —A veces pienso que ni siquiera vosotros os lo tomáis realmente en serio y, por otro lado, es normal, solo hay que veros. A veces me avergüenzo de nosotros y me enorgullezco de los jóvenes. Ellos, seguramente, vivirán la democracia, pero nosotros, ¿qué viviremos nosotros?
    La pregunta quedó en el aire, como tantas otras cosas, como tantos otros sentimientos. De nuevo, un día más, Milagros sintió la punzada de ese momento en el que cabía la posibilidad de que fuera la última vez que viera a su compañero, marido, amor, su otra mitad en todos los sentidos. Él le dio un beso en la mejilla, la miró a los ojos y atravesó el umbral de la puerta. Bajó los escalones del lúgubre pasillo que comunicaba su casa, su escondite visible, con la luz de un nuevo frío día, de un otoño no menos frío en Madrid.
    Se levantó las solapas de la gabardina, más por lo gélido que por precaución y posó, como siempre, el pie izquierdo en primer lugar, en los viejos adoquines de la Plaza de Antón Martín. Su destino, no muy lejos de allí: la calle Serrano. Subió por Moralín para enfilar el Paseo del Prado. No podía menos que sentir los imaginarios ojos en su nuca, que su propia situación enmascarada llevaba asociados de forma irremediable. Pensó en el partido, pensó en Santiago, y pensó en Milagros, en todo lo que compartían juntos, y por qué no, también en todo lo que les separaba de él, de Santiago, de Dolores, no tanto de Fernando, de Enrique. Pensó en si aquel encuentro no sería más que un intercambio de posiciones, o si sus últimos movimientos, acercándose mucho al PCI y, sobre todo, a Valeria, podían traerle consecuencias.
    Las calles de Madrid habían recuperado parte del color, mas no la alegría, porque eso era algo que solo podía traer la libertad; era ese aire de conformismo el que reinaba en el ambiente. Desde que había vuelto, hacía casi diez años, había pensado y escrito mucho sobre todos los acontecimientos de aquella guerra entre hermanos, sobre todas las decisiones tomadas, arrepintiéndose cada día de tantas cosas, de no haber estado en España, de sus años en París, de no haber muerto en Buchenwold, de no pegar algún puñetazo más sobre la mesa, porque el partido, para él, estaba perdiendo una oportunidad, al dejar demasiado de lado la lucha activa, inspirando toda su política en lo que Krurshchev quería, en lo que alguien desde Rusia opinaba que sería bueno para el Partido Comunista de España. En el cruce de Huertas subió ya por el paseo, aún le quedaba un buen trecho hasta llegar a Recoletos, pero acompañado de sus pensamientos nunca caminaría solo.
    El primer capítulo de aquel libro había dejado tocada a Paola. Apuntó los nombres de todas aquellas personas que acababan de entrar en su vida y le mandó un WhatsApp a Alba. Cerró el móvil y se tiró en cama, dejando el libro en la mesilla. Intentó darle un poco de sentido a todo aquello. ¿Por qué el muerto tenía aquel libro encima? ¿Eran personajes de ficción o es que Andrés y Milagros habían existido de verdad? Sintió por un momento el embrujo que te producían los libros, esos que quieres seguir leyendo, aunque se te cierren los ojos. Pero debía ser fría. La primera toma de contacto había sido impactante, necesitaba enfrentarse a la realidad antes de volver a sumergirse en sus páginas. Sus ojos, entre tanta zozobra, se cerraron también, entregándose a un sueño reparador.

      IV. PAQUITO

       

      A las doce y media la despertaron los susurros de Costoya.
      —Jefa, es la hora. Nos vamos a comisaría.
      Con medio ojo abierto intentó vislumbrar el reloj y, cuando lo hizo, se levantó como un resorte. Con la inercia estuvo a punto de caer, pero Costoya la agarró.
      —Paola, igual era bueno que te quedaras un ratito más descansando.
      Ella negó con la cabeza:
      —Solo ha sido al levantarme tan rápido. Joder, esto no me pasaba desde la adolescencia.
      Costoya la miró sonriente:
      —Es que ya no está usted joven y lozana. Los años pasan para todos —se apartó por si acaso le caía algún porrazo.
      —No me hagas reír, que ni para eso tengo fuerzas.
      En ese momento pasaban Modesto y Portela por la puerta dispuestos a salir hacia comisaría.
      —Nosotros vamos tirando, ¿os esperamos?
      Paola le hizo un gesto negativo. Miró a Costoya y le hizo una señal hacia su cazadora.
      —Anda, llévame como llevarías a tu hija si estuviera aquí.
      A Costoya se le iluminó la mirada y salieron sonrientes y cogidos del brazo hacia la jefatura.
      Cuando Paola y Costoya llegaron a la comisaría, la cosa allí estaba algo revuelta.

      —¿Quién coño es Paquito? —Paola no entendía nada entre tanto alboroto. La doctora Fraga la sacó de dudas.
      —Paquito es el difunto. El padre de mi amigo.
      —¿Y por qué discutís sobre un difunto?
      —Resulta que Paquito era todo un personaje.
      —¿Qué quieres decir? —Paola seguía sin entenderlo.
      —El bueno de Paquito era el hijo de Cañamares. Menudo hijo de puta.
      —A ver, que yo me centre. ¿El abuelo de tu amigo y padre del difunto era el inspector Cañamares?
      Nuria asintió, con el ceño fruncido. Paola continuó.
      —No me gusta juzgar a los hijos por los pecados de los padres, y mucho menos a los nietos.
      —Y no lo hagas, pero Cañamares… menudo pájaro. Y su hijo, otro —concluyó Modesto.
      Paola intentó, mientras paseaba alrededor de aquella enorme sala, recordar todo lo que sabía de aquel oscuro personaje.
      El Inspector Cañamares había sido la punta de lanza de la Brigada Político Social de Franco en Galicia. Todas las brutalidades imaginables habían sido perpetradas por él y sus secuaces. Nunca había sido condenado por sus crímenes, como tantos en este país. Era en Galicia lo que Milton Manazas era para la zona centro. Pero su hijo no se había quedado ni mucho menos atrás.
      —De todos modos, que sea hijo de Cañamares no quiere decir que lo mataran por ello —Costoya puso el grano de sensatez.
      Paola concluyó:
      —Quizá la respuesta esté sobre esta mesa, en este libro. Solo he leído el primer capítulo, pero os aseguro que se sitúa en la época de la posguerra, en los años sesenta, y nos presenta a unos personajes peculiares que existieron de verdad—miró a Alba, que asintió con la cabeza y comenzó a hablar.
      —Andrés Turnes y Milagros eran padres de dos hijos. Él desapareció misteriosamente a mediados de los sesenta, mientras Milagros se convertía en unos de los puntales del Europeísmo y Feminismo desde el exilio. Ambos pertenecían al Partido Comunista Español. Andrés era más conocido en términos políticos como Fernando Sánchez y existen documentados encuentros por el propio Carrillo, así como por una de las mujeres más interesantes que podáis conocer, Valeria Silvana, considerada la gran fundadora de ese mismo Eurocomunismo, muy lejos de lo que se entendía en los países Soviéticos.
      —Entonces tengo que creer que ese libro nos dará las claves de la vida de esos personajes, pero ¿qué tiene que ver eso con nuestro Paquito?
      —Quizá no tanto con Paquito, pero sí con Cañamares.
      —Sea como sea, creo que es la hora de hacer una visita a esa familia —miró a Costoya y a Nuria—. Nos vamos de paseo a Betanzos, señores.
      Seguía lloviendo. Abril, aguas mil. Entraron por la parte vieja y dejaron el coche en el parking. Al salir a la superficie, Paola dio un giro de 360 grados para admirar la plaza de García Hermanos. Al fondo vio los soportales y hacia allí precisamente era a dónde se dirigían sus pasos.
      Entraron en un local con aspecto clásico. Sofás en lugar de sillas, y mesas bajas. Grandes lámparas rococó colgadas del techo y un extraño olor a naftalina. Por un momento pensó que estaba en el Bershka. Al fondo los esperaba un hombre de unos cincuenta años. El hijo del difunto. Horacio Cañamares. Se presentaron por medio de Nuria y se sentaron en uno de aquellos sofás vintage. Después de los pésames de rigor, él mismo tomó la palabra:
      —Tendrán que disculpar, pero no me parecía el mejor momento para quedar en casa.
      Paola le hizo un gesto con la mano:
      —De momento, Horacio, solo estamos investigando las circunstancias de la muerte de su padre. Nuestro equipo está estudiando las huellas en el lugar donde fue encontrado, pero necesitamos saber algo más de él, sobre todo de su vida.
      Horacio la miró y, con una mezcla de dolor y despecho en la mirada, comenzó a relatar.
      —Mi padre nació a finales de los treinta, en plena victoria nacional. La vida para el hijo de un inspector de la brigada era más pudiente que para el resto y también, como él me dijo tantas veces, llena de falsedad. La gente se le acercaba solo por dos razones: interés o miedo. Eso no siempre es fácil de sobrellevar.
      —¿No tenía enemigos, gente que le culpabilizara por los crímenes de su padre, o por los suyos propios?
      Horacio la miró de nuevo y ella creyó ver algo de fuego en aquella mirada:
      —Como todos, comisaria, claro que los tenía, ¿no conoce al ser humano? Es vil, malo, y vengativo. Había gente que le recordaba de aquellos años, es cierto, y su pasado de inspector en la posguerra. Tenía setenta y ocho años, él solo quería terminar su vida en el pueblo donde creció y hacerlo en paz.
      —¿No hubo ninguna amenaza, odio estancado, algo inusual?
      —Algo hubo. Puede verlo en las redes. En particular del nacionalista ese, Lobeira. Pero de ahí a que lo matara, permítame dudarlo.
      —¿Lo reconoce? Estaba junto al cadáver de su padre —Costoya le enseñó la foto del libro que habían encontrado junto al difunto.
      —Sí, no sé cómo llegó ese libro a sus manos, pero estos últimos días lo veía continuamente con él. Despertó mi curiosidad, y no porque leyera, mi padre era un lector empedernido, sino porque no tenía título en la portada, solo ese color rojo intenso. Él me dijo que era un libro antiguo que había cogido en la biblioteca, sin más.
      —La biblioteca municipal, supongo.
      —Sí, echaba allí las mañanas, primero leía la prensa y luego se perdía entre libros. Así era Papá —una lágrima traicionera empezó a nacerle en el abismo de sus ojos.

      Paola creyó que, al menos de momento, era suficiente. Tenían una biblioteca que visitar y un Lobeira que localizar. No estaba mal para empezar, pero lo que más deseaba era que llegara la noche para poder volver a llevarse aquel libro a casa.
      —Muchas gracias, Horacio, quizás tengamos que visitar la casa de su padre, pero será a partir de mañana.
      —Se lo agradezco mucho.
      Nuria le hizo un gesto de que se quedaba un rato con él. Paola y Costoya se despidieron y volvieron nuevamente al aire fresco de aquellos soportales.
      Salieron, dispuestos a tomar un refrigerio, antes de continuar su búsqueda. Mientras caminaban, Costoya la miró fijamente.
      —¿Qué tienes en esa cabecita, Paola?
      Ella le devolvió la mirada con cariño, todo el que había acumulado durante aquellos años coincidiendo aquí y allá.
      —Pues no sé si son pajaritos, pero me da en el alma que ese libro tiene la clave de esta investigación. Y me da que aquí nadie dice la verdad.
      —Sería bueno que no te diluyeses en la literatura y nos acompañaras también en la realidad.
      —Sabes que no —sonrió—, nunca dejaría de lado la investigación de campo, será cuestión de dormir menos, o de que no ronquéis para dejarme dormir.
      —Falacias, comisaria, será cosa de Portela y Modesto porque lo que es yo estoy seguro de que no ronco, al menos no hay pruebas de ello.
      Paola soltó una carcajada y lo agarró del ganchete, como le gustaba hacer:
      —Venga, vayamos a tomar una caña y busquemos dónde encontrar a Lobeira y la Biblioteca Municipal.

      V. CARLOS TURNES AMOR

       

      Alba la llamó justo cuando estaban a punto de entrar en la Biblioteca Municipal de Betanzos. Parecía que había encontrado algo extraño en torno a aquella familia literaria.
      —Verás, Paola, te dije que Andrés Turnes había desaparecido del mapa en el año 1963 y así es, pero lo extraño es que no he podido constatar su defunción, pero sí la de un tal Fernando Sánchez, y en su epitafio figura claramente como integrante del Partido Comunista, marido de Milagros y padre de dos hijos: Carlos y Rosa.
      Aquello le chocó muchísimo a Paola. Si alguien se moría, ¿qué interés tendría en enterrarse con el nombre de otro y no con el suyo propio?
      —No tiene sentido, pero coincide. Quizá no fuese su alter ego sino su nombre real. No lo entiendo.
      —Es todo muy raro, Paola, porque tanto Carlos como Rosa Turnes Amor sí figuran en el registro de nacimiento, pero no de defunción.
      —¿Podrían estar vivos?
      —Podrían, claro, con otra identidad, por ejemplo.
      —Lo que hará casi imposible su localización. Supongamos que el padre murió y quedaron Milagros y los dos hijos, que se cambiaron de identidad a la muerte de éste para que no los buscaran. Tiene sentido. Milagros conservó su identidad, no podía ser de otra manera ante la repercusión de su nombre y posición.
      —Sigo sin entender qué tiene que ver eso con nuestro Paquito.

      —Para eso os tengo a vosotros. Dile a Rafa que se gane el sueldo y no me haga echar de menos a Marina.
      Su segunda becaria estaba de viaje en Escocia. Paola, sin embargo, no recordaba la última vez que se había ido de vacaciones y desconectado del mundo del crimen. Aparte de eso, había otra cosa que también le rondaba la cabeza, la coincidencia del nombre de aquel chico, Carlos Turnes, con la de uno de los trabajadores del Parador de San Estevo. Supuso que solo era una casualidad, pero una de sus máximas era esta: nada es al azar.
      Entraron en la biblioteca y preguntaron por el registro de lectura de Paquito. Después de identificarse la encargada se lo facilitó. No encontraron lo que buscaban así que tuvieron que preguntarle.
      —Ustedes dirán, agentes.
      —Verá, el difunto tenía encima un libro que no tenía título y que llevaba a todas partes. Su hijo nos dijo que durante las últimas semanas lo veía siempre con él y creía que lo había cogido aquí.
      —Si puede traérmelo para que lo revise le diré si es de aquí, en principio no tenemos ningún libro sin título, a no ser que tuviera alguna cubierta de papel y la tapa dura no estuviese señalizada. Solo recuerdo un caso parecido y es una de las ediciones del Talmud que tuvimos aquí durante años hasta que se la llevaron a la biblioteca provincial.
      —¿Y recuerda de qué color eran las tapas?
      —Sí, claro, imposible olvidarse, eran rojo pasión.
      Paola puso cara de extrañeza y no pasó inadvertido para la directora.
      —¿El suyo también?
      —Sí, pero está escrito a mano y, desde luego, no es el Talmud.
      —Extraña coincidencia.
      —Se lo traeré.
      Paola miró hacia arriba y señaló un punto en la confluencia entre techo y pared.

      —¿Esas cámaras, funcionan?
      —Sí, efectivamente.
      —¿Puede conseguirme las grabaciones de los últimos días en los que Don Paco estuvo aquí?
      —Sí, creo que no habrá ningún problema.
      —Estupendo —Paola sacó una de sus tarjetas del bolso—. Envíenoslas a esta dirección y le traeré el libro en cuanto sea posible. Muchas gracias por su colaboración.
      Costoya recibió una llamada justo en ese mismo momento, sus pesquisas habían dado resultado. Colgó y buscó la dirección en el móvil, echó un ojo a la calle y le hizo un gesto a Paola para que lo siguiera.
      —Nuestro querido Lobeira es uno de los concejales en Betanzos, está en la sede del partido.
      Paola miró el móvil y redirigió a Costoya:
      —A ver, inspector, que aquí la que se orienta soy yo, solo hay que cruzar la plaza y subir por allí —señaló un punto del horizonte.
      Costoya se dio por vencido y la siguió hasta llegar a la plaza de la Constitución y la sede del Ayuntamiento. A Paola todo aquel conjunto histórico monumental le parecía impresionante. Les restaba una bajada empinadísima y llegarían a la rúa Torre. No sin esfuerzo, alcanzaron su objetivo.
      Un hombre con aspecto rudo les saludó desde detrás de una mesa. La sede era pequeña, pero agradable, olía bien y tenía cierta luminosidad. Paola pensó que trabajar allí debía dar buen rollo.
      —Bos días, son Jacinto Lobeira.
      —Comisaria Gómez e inspector Costoya. Estamos aquí por la muerte de Don Paco Cañamares, supongo que lo conocía —se quedó mirándolo, dejando patinar en el aire las últimas sílabas y observando la reacción de Lobeira.
      —Lo conocía, sí, éramos rivales, de otra quinta, pero rivales.

      —En las redes sociales parecía que eran algo más que rivales. —Paola le enseñó el móvil y una serie de capturas.
      —No hace falta que me las enseñe. Uno tiene que saber enfrentarse a sus errores y yo lo hice, no me enorgullezco de eso, pero su partido se dedicó a echar mierda sobre nosotros de manera continuada y, de todos modos, como verá se trata de algo del pasado.
      Paola pensó que no se le había ocurrido mirar la fecha y cayó en su error, error provocado por la veracidad absoluta que le había dado a las palabras de Horacio Cañamares. Al comprobarlo se dio cuenta que eran de hacía más de un año.
      —Son de la campaña electoral del catorce —le aclaró Jacinto—. La verdad es que fue tensa y dura y, total, no nos sirvió de nada a ninguno. Los dos perdimos.
      Paola no estaba muy puesta en política ni tampoco le importaba demasiado.
      —Con eso quiere decir que no tenía nada personal contra él.
      —Personal nada, contra sus ideas mucho —la miró serio—. Mire, comisaria, cuando tu padre te cuenta que su padre, o sea tu abuelo, murió a manos de esos animales, lo vives desde pequeño, se enraíza en ti, lo documentas y te encuentras con que señores como este se dedican a negarlo, no solo a mi abuelo, sino a los abuelos de muchos. Eso me cabrea, me indigna. Ese Cañamares, ese que nunca se arrepintió de lo que hizo, ese mismo fue el que jamás pagó por sus crímenes. Y no justifico para nada el ojo por ojo, pero si supiera todo lo que pasó allí, me entendería.
      —Me gustaría saberlo y entenderlo.
      —Quizá, para eso, debería tener una charla con mi padre. Él ahora tiene setenta y ocho años, nació en ese campo de concentración —a Paola se le escapó un gesto de sorpresa—. Sí, comisaria, no me mire así, mi abuela tuvo la mala suerte de caer prisionera de esos bárbaros y mi abuelo con ella. Ninguno sobrevivió a aquella locura, solo mi padre. Pero él se lo contará mejor.

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